Naufragué, en las caderas,
de intercambios, de insultos y desengaños,
de lápiz labiales, que perdonaban, los laureles,
de cuarenta y cuatro elefantes,
que empeñaba, el Serrat,
llamándome padre, que no con menos hambre,
pero cayendo entre Guantanamo y el cemento,
el Zenón y el neónatal, la cabra y el Sotelo,
iban desarmando el cerco.
Mientras el motero, metre de coturnos,
robaba de punta en bocas,
lo que el desalojo, le hacía al seiscientos,
que saliera de su memoria.
Antoñito el disk jockey, no era Joaquin,
ni su dj, ni su escote,
y el helado del garrote,
no era la bofia tirándose la rayas,
en las nalgas frías, de la del Tote,
pero calla, deja a la bestia en paz..
sh.. shhhh.. que, se va a despertar.
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